DÍA INTERNACIONAL DE LAS MUJERES RURALES
Recuperar historias, compartir conocimientos y crear espacios de encuentro también es una forma de cuidar la vida en nuestros pueblos
En el rural hay mujeres que cultivan sus huertas, guardan semillas, saben cuándo sembrar, cómo conservar los alimentos o dónde encontrar determinados frutos y plantas. Conocen los caminos, los montes, los animales, los ritmos del territorio y no han olvidado cómo lavar y trabajar la lana, hilar, tejer, coser…
Son conocimientos del día a día, saberes prácticos que se aprenden haciendo, observando y, sobre todo, compartiendo. Se transmiten en las conversaciones, mientras se trabaja, en las cocinas, en las huertas y en los encuentros entre vecinas. Sin embargo, que formen parte de la vida cotidiana no significa que siempre hayan sido reconocidos y valorados. Al contrario, muchas de estas prácticas y conocimientos han quedado relegados ante un modelo de desarrollo que ha tendido a priorizar otras formas de producir, de trabajar y de entender el progreso, dejando en un segundo plano e infravalorando los saberes ligados a los cuidados, la alimentación y la gestión cotidiana del territorio.
Este verano, en Teverga (Asturias), quisimos compartir una pequeña parte de ellos a través de un encuentro entre mujeres del Valle del Trubia, especialmente de Villanueva y Quintanal. “Saberes que alimentan: huerta, memoria y cuidados” reunió a más de 15 mujeres de distintas generaciones en el marco del proyecto Comunidades Regenerativas que desarrolla Ecomuseo La Ponte y en el que Germinando participa.
El punto de partida era sencillo. Encontrarnos para recuperar, compartir y poner en valor conocimientos vinculados a la huerta, la alimentación, los cuidados y la gestión cotidiana del territorio. Y poner este conocimiento en diálogo con los conocimientos que traemos las nuevas pobladoras.
La lluvia trastocó nuestros planes de recorrer algunas huertas acompañadas de las mujeres que las cuidan. Y quizá no estuvo tan mal que fuera así porque acabamos reunidas bajo el pórtico de la iglesia de Santa María de Villanueva.
Aquel espacio, hoy poco utilizado para encontrarse, se convirtió durante unas horas en un lugar de conversación, recuerdos y aprendizaje.
“Las nuevas pobladoras necesitamos vuestros conocimientos”
El punto de partida para abrir la conversación fue la presentación del trabajo de investigación histórica y comunitaria realizado por Daniel Casado, vecino de Quintanal, titulado ‘Una aproximación al medio rural desde otras miradas: el trabajo de las mujeres del concejo de Teverga en la segunda mitad del siglo XX’.


Para este trabajo de fin de grado, Daniel había entrevistado a muchas de las mujeres presentes en el encuentro, así que la sesión se planteó como una devolución de los resultados de la investigación y, al mismo tiempo, como una oportunidad para seguir construyendo memoria colectiva. Las mujeres corrigieron, matizaron y enriquecieron con nuevas vivencias los relatos que Dani nos compartía. A cada recuerdo le seguía otro. Una historia llevaba a otra.
Hablamos de huertas, de animales, de alimentos, de trabajos y de cuidados. De los quehaceres que organizaban los días, de las tareas que volvían con cada estación y de todo aquello que había que saber y hacer para sostener la vida cotidiana.
Escuchamos, dialogamos y reconocimos el valor de toda esa experiencia. Del encuentro nos llevamos un aprendizaje que también quisimos transmitir a estas mujeres: las nuevas pobladoras necesitamos esos conocimientos. Porque quienes llegamos al medio rural lo hacemos con propuestas y muchas ganas, pero también necesitamos conocer el territorio, sus ritmos y sus formas de hacer. Hay saberes que solo se adquieren con la experiencia, la observación y el tiempo compartido; conocimientos que no siempre están en los libros, pero que son fundamentales para comprender y habitar el lugar en el que vivimos.
De la huerta a la lana
Así que sí. El encuentro dio para mucho y, a la vez, nos supo a poco. Nos quedamos con ganas de seguir tirando de ese hilo.
Y el siguiente hilo fue, literalmente, el de la lana. Organizamos un filandón en el que Amparo, vecina de nuestra compañera Andrea, compartió con otras mujeres algunos de sus conocimientos sobre el trabajo tradicional de la lana.


Los filandones eran encuentros que tenían lugar, generalmente en invierno y al caer la tarde, en los que vecinos y vecinas se reunían junto al fuego para realizar labores manuales, principalmente textiles, como hilar lana o lino. Mientras trabajaban, aprovechaban para contar historias y anécdotas.
Hablamos de todo el proceso: del lavado de la lana al escarmenado, el cardado y el hilado. Pero, sobre todo, volvimos a hacer algo que parece sencillo y que es más importante de lo que pensamos: sentarnos juntas, escuchar, preguntar, recordar y aprender unas de otras.
A Andrea, que disfruta especialmente tejiendo, se le ocurrió entonces que aquel encuentro podía tener continuidad: ¿Y si montábamos un club de tejedoras?
La propuesta encontró respuesta. El club ha empezado a tomar forma de la mano de la Asociación de Mujeres de Teverga y, a día de hoy, más de quince mujeres -y algún hombre también- se reúnen cada semana para tejer… y hablar.
Porque sí, claro está que se comparten puntos y lanas, pero también historias, recetas, preocupaciones, ideas, risas y planes. Se aprende de quien lleva años tejiendo y de quien acaba de coger las agujas por primera vez.
Mucho más que tejer
En lugares pequeños, donde la conectividad puede ser limitada y en los que cada vez hay menos espacios para encontrarse de manera informal, estas reuniones tienen un valor enorme. No hace falta organizar siempre una gran actividad. A veces basta con tener un lugar al que ir, una tarea que compartir y un grupo con quien sentarse.


De hecho, como si un hilo imaginario estuviese haciendo el trabajo de entretejer personas y pueblos, ya ha nacido otro club en el valle vecino.
Tejer puede ser la excusa. Como puede serlo una huerta, una lana, una receta o una semilla. Lo importante es lo que ocurre alrededor.
Se crean relaciones. Se recuperan conocimientos. Se encuentran generaciones que quizá de otra manera no coincidirían. Se acompaña a quien acaba de llegar. Se pregunta a quien lleva toda la vida allí. Se recuperan prácticas que parecían destinadas a desaparecer y, al mismo tiempo, se les da una nueva vida.
Y quizá ahí esté una de las claves para pensar el futuro de nuestros pueblos: no solo necesitamos conservar los conocimientos, sino también recuperar los lugares de encuentro y comunidad donde puedan seguir circulando.
Porque los saberes de las mujeres forman parte de la memoria de nuestros territorios, pero también pueden formar parte de su futuro.
Una comunidad también se construye así: sentándonos juntas, compartiendo lo que sabemos y haciendo sitio para aprender unas de otras.
Este Día Internacional de las Mujeres Rurales queríamos celebrar precisamente eso: a las mujeres que sostuvieron y sostienen nuestros pueblos, sus conocimientos, sus manos, sus historias y, sobre todo, los vínculos y espacios compartidos que mantienen viva la comunidad.


