Un banco de semillas es una colección de semillas hecha de forma colectiva. Tradicionalmente, las hortelanas y hortelanos de los pueblos han intercambiado semillas y plantas, siendo los propios huertos, pueblos y comarcas bancos vivos de semillas. La estrategia es simple, si entre todas/os cultivamos y reproducimos las semillas, aunque uno o varios huertos se echen a perder por cualquier problema que pueda surgir, nunca nos quedaremos sin semillas para el cultivo siguiente, ya que alguien habrá conseguido reproducir las semillas.

Pero en los últimos 100 años, la sociedad ha cambiado tanto que este hábito tan común, cada vez es más difícil de encontrar y esto supone un grave riesgo para nuestro alimento, nuestros huertos y nuestra capacidad para adaptarnos a las consecuencias del Cambio Climático. Las semillas y variedades tradicionales están mejor adaptadas a las condiciones de cada territorio y tienen una mayor diversidad genética que les permite desarrollar más capacidades de adaptación. Además, son más resistentes a plagas y enfermedades. 

Por ello, cuando guardamos semillas estamos colaborando en la conservación de la biodiversidad, en la adaptación a las consecuencias del cambio climático y preservando el conocimiento y trabajo de miles de agricultoras/es que durante mucho tiempo se han dedicado a producir alimentos para que todas y todos comamos. Esto es realmente importante. En la actualidad están desapareciendo gran variedad de semillas por dos motivos principales, el trabajo en agricultura no es muy apreciado entre la juventud y por tanto cada vez hay menos huertos y personas que mantengan la tradición de conservar semillas y porque muchos de los agricultores y agricultoras que quedan se dedican a cultivar solo algunos tipos de semillas por todo el mundo que son más productivas y fáciles de vender.

Se estima que han desparecido entre el 75 y el 90% de las variedades que la agricultura había ido desarrollando en los 10.000 años de vida que tiene. Esa diversidad genética de las variedades tradicionales (o locales, crecidas y adaptadas a cada lugar, cada pueblo) suponen un recurso genético de vital importancia para la seguridad y soberanía alimentaria y para afrontar los problemas ambientales derivados del cambio climático. Además, son igualmente una reserva de cultura y conocimiento ancestral (gastronómico, hortícola, ecológico…) que se pierde con la desaparición de las variedades tradicionales.

A lo largo y ancho de nuestro territorio existen iniciativas de conservación e intercambio de semillas tradicionales que buscan mantener vivas estas variedades, y es que la mejor manera de conservar las semillas es cultivándolas. Existen bancos de semillas con carácter estatal, autonómico y comarcal. Normalmente, la idea es la misma que la tradicional: el banco te da semillas y tú las cultivas, las reproduces y devuelves parte de las que has sacado. Así mantenemos vivas las variedades y cada vez más huertos pueden cultivarlas. 

Un colegio es un centro de conocimiento por donde pasan gran cantidad de familias. Muchas familias mantienen sus huertos o contacto con alguien que tiene huerto. Por ello el colegio puede ser también un buen punto de encuentro para el intercambio y reproducción de semillas tradicionales. Las familias traen sus semillas y sus historias o conocimientos asociados a ellas, se reproducen en el huerto del cole y se comparten con otros hortelanos y hortelanas u otros colegios.

¿Te animas a crear un banco de semillas en el cole?

Qué necesitas:

Las semillas pueden conservarse entre 1- 5 años (depende de la especie)  sin perder capacidad de germinación. Pero para esto debemos tener en cuenta algunas cosas:

  1. Antes de guardar hay que secarlas bien si son de nuestra propia cosecha.Si provienen de intercambio se supone que llegarán secas
  2. Envase de conservación. Es ideal que sean frascos de vidrio con tapa. Los frascos de vidrio nos permiten ver las semillas sin abrirlos. Son perfectos también porque, si los reutilizamos de las conservas caseras, estaremos además reduciendo residuos y costes.

Nos valdrá cualquier bote con tapa e incluso bolsitas de plástico con cierre o nudo. Para evitar que un poco de humedad eche a perder las semillas puedes poner un sobre de té con un poco de arroz o un trozo de tiza. Absorberán la humedad que pueda generarse.

  1. Identificación de las semillas. Es más que probable que de una temporada a otra se nos olvide qué semillas hemos guardado si no etiquetamos los botes. Pondremos el nombre de la hortaliza, la variedad o nombre común (por ej. lechuga oreja de burro o tomate rosado) y fecha de envasado o año de cosecha. Además, si no es del cole, está bien poner el origen (quién nos la dio).
  2. El lugar. Para conservar las semillas lo mejor posible, deben estar en un lugar seco, con temperaturas bajas (incluso en una nevera), oscuro y ventilado. Puede ser un armario de una clase, una o varias cajas de zapatos, la estantería de un almacén, etc. Nos gusta usar en los colegios cajas de madera con tapa (como la de las botellas de vino) para almacenar los botes. Son bonitas, se pueden decorar fácilmente y cumplen todos los requisitos.
  3. Elegir una clase del cole para guardar las semillas es buena idea ya que así quien las necesite sabrá dónde encontrarlas. Mejor todavía si tenemos un lugar cercano al huerto. ¿Crees que el invernadero es un buen lugar para almacenar las semillas? Ojo al calor que hace dentro.
  4. El último paso para que funcione el banco de semillas escolar es asignar alguna persona o clase responsable del mantenimiento. Que se encargue de etiquetar las nuevas semillas, de revisar las fechas, de la entrega y recogida de nuevas semillas e incluso de difundir la labor que hacen en el cole a otras clases y otros bancos de semillas. 

¿Fácil no? Ahora solo queda poner las semillas a volar en tu “libro viajero”. ¿Te unes a la red?

También puedes apoyar la Red Escolar de Intercambio de Semillas a través Goteo o mandando semillas a los coles, ¡aquí te contamos cómo hacerlo!

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